A veces, cuando no encuentras una salida, empiezas a usar la soledad como refugio. Mi estado de ánimo era pésimo y cada día que pasaba me desesperaba más. Era una situación que no lograba entender, pero el combustible de ver crecer sana a mi hija me mantenía a flote. Yo seguía trabajando para el mundo exterior, aunque mi vida era un constante caos y las cosas en mis «negocios» ya estaban cambiando drásticamente. Para complicarlo todo, una tía de la niña, familiar de la madre, había empezado a visitarla por ratos.
Su presencia no me agradaba en lo absoluto, porque inevitablemente me recordaba a la mujer que nos había abandonado. Pero mi memoria ya no la traía a mi mente como pareja, sino desde la pura «venganza» . Me carcomía la rabia de saber que había dejado a su niña sola, que le había robado el derecho sagrado de tener una madre que la cuidara. Esas ideas reforzaban cada día mi certeza de que no volvería jamás, y extrañamente, esa certeza me daba algo de paz.
El Caos se Normaliza y la Soledad se Vuelve un Refugio
Los días transcurrían en un silencio pesado, y las noches estaban llenas de la rutina de los negocios, de los empleados con sus chistes malos y sus propias desgracias. Todo aquello me golpeaba en la cabeza como una pelota de demolición. Mientras tanto, las consecuencias de mis noches usando la soledad como refugio y el fétido olor a gato empezaban a pasar factura. El negocio, de repente, ya no vendía lo mismo. Los problemas eran mayores, las deudas crecían y los empleados, sintiendo la inestabilidad, habían empezado a marcharse uno a uno. Ya se habían ido tres, llevándose consigo parte de la normalidad que tanto me esforzaba por aparentar.
El fétido olor a gato, mi viejo compañero, ahora era un imán. Lejos de repulsión, sentía el deseo de ir más rápido a esa habitación, anhelaba estar ahí el mayor tiempo posible. Sin darme cuenta, le había cogido el gusto a mi jaula. La niña y yo continuábamos nuestra vida como si nada; ella en la «pediatras en Bogotá. https://www.doctoralia.co/pediatra/bogota« y yo con una chaqueta roja que se había convertido en mi uniforme, mi segunda piel. Siempre me la ponía, no solo porque me recordaba a ella, sino porque su color vibrante era un desafío, un grito silencioso contra la grisura de mi existencia.
El Uniforme Rojo y la Aceptación de la Jaula
Los días sin fin eran insoportablemente largos y todo a mi alrededor se desmoronaba. Empecé a peregrinar más temprano hacia mi jaula, a ese lugar que ahora sentía como mío. Desde allí llamaba a mi familia, no para buscar soluciones, sino para seguir alimentando mis desgracias, porque sentía que, de alguna retorcida manera, ese acto de desahogo validaba mi dolor y sanaba la herida. Ahora, las llamadas duraban horas, convirtiéndose en un ritual para reafirmar que usar la soledad como refugio era mi única opción viable.
Creía que ese desahogo era el camino correcto para salir de mi jaula de ratón, pero solo estaba reforzando los barrotes con cada palabra, decorando mi celda con lamentos hasta hacerla casi confortable. Los meses pasaban para el resto del mundo, que seguía girando ajeno a mi drama personal. La gente común tenía días y noches, celebraba fines de semana y planeaba futuros; pero en mi realidad, solo había un crepúsculo eterno. , una penumbra constante donde me sentía seguro. Estaba hundido en mi propia desgracia, una desgracia que, con el tiempo, había aceptado no solo como parte del juego, sino como el juego en sí.
