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El **Aterrador** Dolor de la Espera: Un Horizonte Vacío (Cap. 9)

Un solitario horizonte marino como representación visual de el dolor de la espera.

Hay pocas torturas como el dolor de la espera, y yo decidí someterme a ella voluntariamente. Decidí hacer un viaje, y el paisaje, irónicamente, se convirtió en mi nuevo combustible. Las horas se detuvieron mientras el autobús avanzaba entre montañas de un verde intenso, casi violento. Esa belleza, mezclada con mis pensamientos oscuros, creó la bomba perfecta para alimentar esta vida de terror. Pasé el viaje entero sentado junto a la ventana, ajeno a todo, con la única idea en la cabeza de cuándo llegaría el día de regresar.

Llegué a casa de mis familiares, pero mi cuerpo era solo una cáscara vacía. Yo no estaba realmente allí. No quería reír con sus chistes, no quería comer sus platos abundantes, no quería nada. El olor a leña y a fritura, los sonidos de la alegría familiar, todo me resultaba ajeno, como una película en un idioma desconocido. Esos cuatro días, que se suponía eran una visita para que conocieran a la niña, se convirtieron en mi peor viaje. Yo solo quería estar de vuelta en mi habitación; ya todo a mi alrededor me molestaba, me recordaba la vida que no tenía.

Un Horizonte Vacío y el Dolor de la Espera

El verdadero infierno era saber que estaba en el pueblo donde ella vivía. La posibilidad de un encuentro casual era un veneno que me recorría las venas. Por eso, no salí. Pasé los cuatro días encerrado en aquella casa, pero con la mirada dividida en un tormento dual. Una parte de mí miraba el teléfono, esperando que por algún milagro de la compasión, llamara; la otra, vigilaba la carretera polvorienta por si una figura familiar aparecía. Porque la espera es algo increíblemente aterrador, y más cuando una parte de ti sabe que nunca regresará. Nunca llamó. Nunca apareció.

Tenía una ventana que miraba hacia el horizonte, y allí, en el silencio imponente de esas montañas, escribí mi historia una y mil veces en mi mente. Me sentaba como un zombi durante horas, creando mi propio mundo, mientras mis familiares reían y se tomaban fotos. Su felicidad era el único ruido, porque el campo estaba en un silencio absoluto. Ese horizonte, vasto e indiferente, fue mi verdadero compañero de viaje, el testigo mudo de mi «DEPRESIÓN» .

El Regreso: Cuando la Espera Termina en un Abismo Peor

Cuando por fin llegó la hora de partir, sentí un alivio agridulce. Pero todo había cambiado para peor. Regresé a la ciudad y la fachada de mis negocios se había agrietado un poco más. La caída en las ventas era notoria. Pero el golpe más duro me esperaba en casa. La niña enfermó de gravedad. Una fiebre altísima que no cedía, una debilidad que la postró en la cama, exigiendo cuidados de 24 horas. El dolor de la espera por una llamada fue reemplazado por el pánico de la espera por una mejoría que no llegaba.

Y yo, convertido de nuevo en un zombi funcional, me sumergí de nuevo en mis noches interminables. El guion era el mismo, pero la tensión era mayor. El ruido de los vecinos, el fétido olor a gato y la botella de whisky eran los únicos actores en mi juego. La [resiliencia ante la crisis], de la que tanto había oído hablar, me parecía un chiste de mal gusto. A veces, el infierno no son llamas ni demonios. A veces, es una ventana, una carretera vacía y el eco de una señal que nunca llegó, como explico en esta crónica del «Miércoles Negro» al Capítulo 1.

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